¿Rehacer tu vida?
Este mal se
concretiza de una manera formal, por
primera vez, en el momento del noviazgo
Autor: Lic. Oscar Méndez Casanueva
“Rehacer la vida” de los
matrimonios divorciados
He ahí el incontenible slogan, el nuevo
“dogma” laico que actualmente fluye de
boca en boca y que el sólo hecho de
contradecirlo convierte al osado que a
ello se atreviere, en merecedor de todas
las penas, sanciones y calificativos
condenatorios. Opinar en contra del
divorcio es ir -dicen- contra el
progreso, la modernidad y los derechos
del hombre.
Sin embargo, quien en un ejercicio de
individualidad, empleando su criterio,
logre abstraerse de las máximas
materialistas de una sociedad masificada
-que paradójicamente se cree libre-,
empezará por efectuarse, entre otros,
estos fundamentales cuestionamientos:
“Pero...¿en verdad rehacen su vida los
divorciados?”... “¿qué han hecho primero
para deshacerla?” Porque -reflexionará-
“sólo se intenta rehacer lo que
previamente se ha deshecho”. Y, se
preguntará si, en ese intento, realmente
se estará rehaciendo o deshaciendo, aún
más, no sólo la propia vida si no
también la ajena. Sin embargo, hoy en
día, pocos se lo cuestionan; y por lo
mismo ¡cuántos se internan en una
ingenua y peligrosa aventura, muchas
veces sin retorno!
Ciertamente, para deshacer una vida hay
mil fórmulas por demás eficientes.
Germinan muchas veces en nuestras
mentes, en nuestro criterio, desde
niños; toman forma y se desarrollan
durante la juventud, para eclosionar
finalmente en la etapa adulta. Se
componen de múltiples factores. Entre
ellos sobresalen la ausencia de sólidos
y auténticos principios, así como una
pobre visión, horizontal y laica, de la
existencia.
Ahí, donde se ha perdido el enfoque
trascendente del ser humano, donde
prevalece “lo material” sobre lo
“espiritual”, ahí florecen y se
desparraman los frutos de una sociedad
que nos bombardea, hasta la saciedad,
con sus criterios materialistas y
masificantes.
La elección
Y si bien es cierto que el daño se
inicia con esos criterios -que como
hemos dicho, muchas veces se absorbieron
en la niñez, o cuando menos en la etapa
juvenil-, este mal se concretiza de una
manera formal, por primera vez, en el
momento del noviazgo. Pues son esos
mismos criterios los que regirán la
elección del futuro consorte.
Sin escalas de valores bien establecidas
y jerarquizadas, tanto en la novia como
en el novio, que constituyen elementos
fundamentales para analizar la genuina
compatibilidad, y sin un verdadero
análisis de las características
trascendentes de las partes,
necesariamente mal se inicia un posible
futuro matrimonio. Y así, considerando
como factores principales “lo físico”,
“la química” -como hoy le llaman a la
atracción- y el ser “buena onda”, se
embarcan los dos hacia océanos
desconocidos y peligrosos.
Sin embargo, hay algo muy íntimo en su
interior que les avisa que están
edificando sobre cimientos inseguros. Y
así, se curan en salud, pues luego de
magnificar su amor, señalan que en el
caso de que éste llegase a desaparecer,
existe la alternativa del divorcio. Y de
esta manera, se dirigen al altar llenos
de ilusiones y optimismo, pero
paradójicamente con el virus de un
fracaso activado y virtualmente aceptado
de antemano.
Triunfo o fracaso
Ya en la vida matrimonial, se iniciarán
las adaptaciones, los ajustes y hasta
las confrontaciones, derivadas de los
diversos caracteres, criterios, gustos y
sobretodo de los distintos valores
morales y religiosos. Aflorarán, en uno
u otro sentido, las particulares
mentalidades provenientes de la
educación y de la clase social de cada
uno, con la envoltura de las virtudes y
defectos específicos de cada cual.
En este proceso se podrá salir o no
victorioso, de acuerdo con la formación,
criterio y sentido sobrenatural de ambas
partes. A veces se requerirán verdaderos
ejercicios de virtud y prudencia
extrema. Ello incidirá en mil beneficios
para toda la familia: padres e hijos.
Ciertamente, las gracias de Dios no
faltarán cuando existe buena voluntad.
El amor profundo y sobrenatural vencerá
sobre todas las vicisitudes y gozará de
mil alegrías y beneficios. No será
derrotado ni por el falso amor propio
-egoísmo puro- ni por el materialismo
hedonista, que finca su relación,
principalmente, en la comodidad y la
sexualidad. Su fundamento será el
genuino cariño entre ambos, con ese
sentido de eternidad que pone, primero,
al amor y la obediencia a Dios por
encima de todo y que conlleva, como
consecuencia inevitable, al máximo bien
del consorte y de los hijos. El
verdadero amor sabe que lo demás, de una
u otra manera y dimensión, se dará como
añadidura.
Por el contrario, mùltiples elementos
contribuyen hoy en día, para la
destrucción del matrimonio. Los medios
de comunicación -con su determinante
influencia para la creación de
mentalidades- no cesan de presentarnos a
la infidelidad, la pornografía, el amor
dizque libre, el aborto y la “pequeña”
-exigua- familia como modelos de vida.
Ni que decir de la violencia, la brecha
generacional, la drogadicción, la
incomunicación familiar, la escuela
laica y demás factores que también
inciden negativamente en la célula
esencial de la sociedad.
El divorcio
Cuando no hay una adecuada preparación
para el matrimonio y una elección
responsable, cuando no hay un sacrificio
del “yo” en favor del “tú” y del
“nosotros”, cuando no se está dispuesto
a todo lo positivo en favor del cónyuge
y los hijos, cuando prevalece el amor
propio, el egoísmo y la soberbia -con su
disfraz de dignidad-, cuando se tiene
abierta la puerta -en algún rincón de la
mente- al divorcio, cuando no se ha
alojado a Dios en el hogar, estos
factores combinados de una u otra
manera, estarán activando, sin lugar a
dudas, un fracaso matrimonial.
Naturalmente, la culpa principal siempre
se atribuirá a la otra parte, sin
reconocer o, en muchos casos, ni
siquiera adivinar la propia. Y a esa
parte que se dice tan buena, tan
inocente, que en ocasiones llega hasta
aceptar (o no puede dejar de reconocer)
cierta culpa, ¿qué le queda? Según ella:
“rehacer su vida”, puesto que se
considera de alguna manera una víctima.
Y efectivamente, lo es pero de sí misma,
aunque también es victimaria -en la
parte proporcional que le corresponda-
de su familia: de su cónyuge y sus
hijos, con todas las consecuencias
morales y sociales que ello implica.
Todo ello, evidentemente, sin detrimento
de la responsabilidad de la otra parte
(1).
Papeles, viles papeles
Y así, con el divorcio creen destruir un
vínculo que libremente aceptaron y que
Dios santificó y estableció hasta la
muerte de algún cónyuge. Y si bien, es
cierto que el Estado puede regular los
efectos civiles de la institución
matrimonial, éstos deben respetar el
orden señalado por su Creador. Por lo
tanto, no puede -ni es válido- legislar
sobre aquello que es de institución
Divina. El Estado carece de facultades
-aunque se las atribuya- para disolver
un verdadero y legítimo matrimonio. Así,
lo que Dios unió no lo puede separar el
hombre, aún cuando éste expida mil actas
con sellos oficiales o establezca todas
las legislaciones que le vengan en gana.
Finalmente, estas leyes y estas actas de
divorcio serán sólo papeles sin valor
alguno. ¡Papeles, viles papeles!
Y con ellos pretenden legalizar el
consecuente y quizá los subsecuentes
amasiatos (las cosas por su nombre,
aunque suenen duro). Con estos papeles
consuman la destrucción que iniciaron
poco a poco, quizá antes de elegir novia
o novio, en el momento mismo que
aceptaron la idea de que el divorcio era
“un derecho” y “una solución”.
Es la gran tentación y el gran error: El
“rehacer” que dio la opción previa de
deshacer. El “rehacer” que impidió poner
TODO de nuestra parte. El “rehacer” que
lleva implícito el virus ya activado que
obliga a creer que si las cosas salen
mal nuevamente, existe la posibilidad de
rehacerlas una y otra vez. ¿O habrá
quien le pueda poner un límite a ello?
¿en función de qué?
Este virus infecta también al que se
casa con el divorciado, ya que al
aceptar el efecto (el nuevo y falso
matrimonio) acepta también la causa (el
divorcio). Ahora son dos: ambos con el
mismo virus. El efecto se multiplica en
ellos y muy probablemente alcanzará a
sus actuales y futuros hijos que
acabarán viendo normal lo que es
irregular y considerando al divorcio
como una posible opción -dirán que “en
caso necesario”- para su futuro. Sin
embargo, ellos serán las primeras
víctimas. Cualquier director(a) de
escuela, cualquier trabajador(a) social
lo sabe sin necesidad de ser psicólogo(a):
ahí donde hay un niño con problemas o
donde se encuentre un joven delincuente,
ahí existe un matrimonio destruido.
¿Verdadera reconstrucción?
Por otra parte, este “rehacer” impide
una genuina reconstrucción, ya que el
divorciado crea nuevas estructuras
familiares que lo atan y lo arraigan y
que sólo destruye en caso de nuevos
fracasos, para crear otras más que
vuelven a arraigarlo por tercera, cuarta
o quien sabe cuántas veces más. De esta
manera, el cónyuge legítimo -el que no
“rehizo” su vida- se ve impedido a
verdaderamente tratar de reconstruir su
matrimonio alguna vez, pues se topará
con estructuras espurias, con amasiatos
dizque legalizados, que frustrarán
cualquier posible intento de rehacer
(ahora sí realmente) su legítima
familia.
Dichas estructuras, por su propia
naturaleza, anclan a la pareja en su
nuevo modus vivendi, que la
aleja, además, de la amistad divina y
pone en peligro el fin para que fue
creado todo hombre: la posesión eterna
de Dios.
Quien violenta las leyes que El ha
dispuesto, quien vive en un esquema
permanente de pecado, engañará a todos
-incluso a sí mismo-, pero no a Dios,
colocándose y colocando a “su pareja”,
en el enorme riesgo de morir como se
está viviendo. En tal caso, se habrá
perdido Todo (así, con mayúscula) por
nada.
75 años de vida (promedio) = ?
(eternidad)
¿Habrá mayor locura o mayor
inconsciencia que esto? ¿Qué duración
tiene la vida, que no alcanza a medirse
ni siquiera como una millonésima parte
del tiempo en relación con el rechazo o
la aceptación, por toda la ETERNIDAD, de
parte del Creador? ¿Valdrá la pena el
riesgo? Si no es suficiente freno el
amor a Dios, que al menos lo sea el
temor a su justo y definitivo juicio.
Analizando y reflexionando todo lo
expuesto, se impone de nuevo el
cuestionamiento inicial:
Estos matrimonios destruidos,
realmente... ¿rehicieron o deshicieron
su vida y la de los suyos?
(1) NOTA: No es nuestra intención
analizar en este escrito aquellos casos
en que la culpa es abrumadoramente
imputable -real y objetivamente- a un
cónyuge, pues ciertamente no son los más
comunes, aunque sí los que más se
esgrimen en favor del divorcio y en los
que la mayoría de los divorciados
engañosamente dicen estar. Ciertamente,
la misma Iglesia acepta, en situaciones
extremas, la separación, más no la falsa
disolución de un vínculo para volverse a
casar.
Por otra parte, es conveniente señalar,
por la confusión que existe, que se
trata de un caso muy distinto al
divorcio, el hecho de declarar nulo un
matrimonio que en realidad nunca existió
por causa de algún impedimento
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